Beatriz Mesas, cofundadora de Incapto Coffee
Beatriz Mesas, cofundadora de Incapto Coffee, comparte cómo su experiencia en toda la cadena de valor del café la llevó a detectar oportunidades de innovación en uno de los sectores más tradicionales del consumo cotidiano. En esta conversación reflexiona sobre sostenibilidad, tecnología, cambio de hábitos y los retos de transformar una industria marcada por la costumbre, desde una propuesta que combina café en grano, digitalización y nuevos modelos de servicio.
Hablamos con Beatriz Mesas, cofundadora de Incapto Coffee, una emprendedora que conoce el café desde el origen hasta la experiencia final de consumo. Tras iniciar su trayectoria en el negocio familiar y profundizar en el sector a través de una experiencia directa en Guatemala, decidió impulsar un proyecto propio con el objetivo de modernizar una categoría tradicional y ofrecer una alternativa más cómoda, tecnológica y sostenible al consumo habitual de café.
A lo largo de la conversación explica cómo su conocimiento del producto, de la industria y de los hábitos de consumo le permitió identificar espacios claros de mejora; qué supuso lanzar una marca nativa digital en un mercado todavía poco acostumbrado a este tipo de propuestas; cómo entiende la sostenibilidad desde una perspectiva práctica y transversal; y por qué transformar sectores tradicionales requiere paciencia, pedagogía y una combinación muy precisa de visión, tecnología y ejecución. También comparte su visión sobre la presencia femenina en entornos todavía muy masculinizados y sobre el papel que puede desempeñar la Plataforma ONE para apoyar a quienes emprenden en industrias complejas o en transformación.
¿Qué te llevó a emprender en un sector tan tradicional como el café y qué viste que otros no estaban viendo?
Mi trayectoria en el mundo del café empezó hace aproximadamente 17 años, cuando mi familia compró una marca de café. A partir de ahí empecé a involucrarme en el sector, y muy pronto sentí la necesidad de entender mejor el origen del producto. Por eso me fui a trabajar durante cuatro meses a una cooperativa en Huehuetenango, en Guatemala. Esa experiencia fue realmente el inicio de mi camino en el café.
Cuando volví a la empresa familiar, todavía no tostábamos nuestro propio café. Aunque trabajábamos con marca propia, yo sentía que en el fondo actuábamos más como distribuidores que como una empresa con verdadero conocimiento del producto, porque no sabíamos realmente de dónde venía el café ni teníamos control sobre toda la cadena. Por eso decidimos montar una fábrica de café.
En aquel momento, además, nuestro principal cliente era la hostelería, un canal muy orientado al precio y donde era necesario hacer inversiones altas para captar clientes. Al mismo tiempo, vender al consumidor final también resultaba difícil, porque la mayoría de la gente consumía café molido o en cápsulas.
Ahí es donde, en 2020, lancé Incapto junto a mis dos socios actuales. Queríamos ofrecer una alternativa real a las cápsulas: una solución igual de práctica y cómoda, pero sin generar residuos innecesarios. Yo ya conocía bien la industria y veía hasta qué punto seguía siendo un sector muy tradicional. Mis socios, que venían de entornos más tecnológicos, también detectaron enseguida muchas posibilidades de innovación. Entre los tres vimos claro que el mundo del café tenía mucho margen para cambiar.
¿Qué aprendizajes te dejó trabajar tantos años en la cadena de valor del café antes de emprender?
El mayor aprendizaje fue haber podido conocer el café desde su origen. Eso me cambió mucho la manera de mirar tanto el producto como el mundo que hay detrás de él. Entender quién produce el café, cómo se cultiva y qué personas participan en esa cadena de valor te da una perspectiva completamente distinta.
Desde entonces siempre he intentado formarme lo máximo posible en todas las fases del proceso: materia prima, café verde, tueste, cata, barismo y preparación. Todos esos años de experiencia me han dado una comprensión muy amplia de la industria y me han permitido detectar qué cosas faltaban, qué podía mejorarse y dónde había oportunidades reales de evolución.
Y siguen existiendo muchas. El café sigue siendo un sector donde todavía queda muchísimo por hacer. Un ejemplo muy claro es algo que nos pasa a todos: muchas veces terminas una buena comida en un restaurante con un café malo. Eso demuestra que todavía hay mucho margen para innovar, profesionalizar y elevar la calidad de la experiencia final.
¿Cómo viviste el reto de introducir innovación en un sector donde la tradición pesa tanto?
Cuando lanzamos Incapto, el sector del café seguía siendo muy tradicional. En ese momento apenas había marcas nativas digitales dentro de esta categoría, ni muchos proyectos pensados desde el principio para vender cien por cien online al consumidor final.
Nosotros fuimos una de las primeras marcas en plantear ese enfoque de forma clara. Y no solo en la venta directa al particular. También en empresas impulsamos un modelo muy innovador: un sistema de Coffee as a Service en el que las máquinas están conectadas, registran el consumo y permiten facturar a final de mes en función de los cafés servidos. Eso nos permitió introducir una lógica tecnológica en un mercado que hasta entonces apenas funcionaba así.
Desde el principio vimos una oportunidad muy grande en aplicar tecnología a un sector tradicional. Y lo hicimos de forma bastante integral: desde la relación con las fincas y la importación, hasta el desarrollo de cafeteras propias, el tueste local y la creación de herramientas digitales para mejorar la experiencia de cliente.
Contamos con equipo interno de desarrollo y diseño industrial para sacar productos propios, tostamos en Ripollet, cerca de Barcelona, y además hemos incorporado soluciones tecnológicas poco habituales en el sector. Por ejemplo, fuimos la primera marca de café en ofrecer un canal transaccional por WhatsApp, de modo que la clientela puede modificar o adelantar su suscripción directamente desde ahí, sin necesidad de entrar en una app o en la web.
Hoy ya hay más empresas innovando en este ámbito, pero en aquel momento fuimos de las pocas que apostaron por integrar tecnología de manera tan transversal en toda la cadena.
¿Qué te enseñó trabajar con personas productoras, tostadoras y profesionales del café sobre sostenibilidad real?
Me enseñó que la sostenibilidad es un concepto muy amplio y que no puede reducirse a un único elemento. Empieza en el origen, en cómo se cultiva el café y en qué prácticas agrícolas se aplican, y continúa hasta el final del proceso, incluyendo los residuos que se generan cada vez que consumimos una taza.
El café, además, es un hábito diario. En mi caso, por ejemplo, tomo una media de tres cafés al día. A lo largo de una vida eso significa decenas de miles de tazas. Por eso, aunque parezcan decisiones pequeñas, la forma en la que eliges consumir café tiene un impacto enorme.
Lo que este sector me ha enseñado es precisamente eso: que muchas pequeñas decisiones repetidas cada día pueden generar una diferencia muy grande. Según cómo consumas, puedes estar teniendo un comportamiento más responsable o, al contrario, multiplicando tu huella ambiental sin darte cuenta. La sostenibilidad real está en entender ese conjunto y actuar sobre todo el recorrido del producto.
¿Qué barreras culturales encontraste al intentar cambiar hábitos en el sector horeca y cómo las superasteis?
En horeca estamos todavía dando pasos relativamente iniciales, aunque en el último año hemos avanzado más con el desarrollo de una nueva máquina, la ST One, que tiene una estética muy tradicional, pero un funcionamiento superautomático.
Uno de los grandes problemas que vemos en restauración es la falta de consistencia en la calidad. Muchas veces el resultado depende demasiado de quién prepara el café, del nivel de rotación del personal o del conocimiento técnico del equipo. Eso hace que ofrecer siempre una buena taza sea complicado.
Nuestra respuesta ha sido desarrollar una solución que permita mantener una calidad constante. Queríamos que la máquina encajara visualmente en un entorno profesional tradicional, pero que internamente aportara automatización, precisión y facilidad de uso. Así, con solo pulsar un botón, puede ofrecer más de 60 recetas distintas.
Aun así, es un camino que requiere tiempo. Como ocurre en casi todos los sectores tradicionales, primero llegan los perfiles más innovadores, los que adoptan antes este tipo de soluciones. Son ellos quienes empiezan a demostrar el valor del cambio. Después hace falta mucha pedagogía para explicar bien los beneficios: no solo en calidad, sino también en operativa, control y gestión. Al estar conectadas, por ejemplo, estas máquinas pueden ofrecer información útil para optimizar incluso aspectos como los horarios o la organización en función del consumo real.
Es un sector donde todavía queda mucho recorrido y donde la transformación no será inmediata, pero sí vemos muy claro el valor de profesionalizar y modernizar esa experiencia.
¿Cómo ha influido tu experiencia personal en la defensa de la igualdad en un sector masculinizado?
Creo que el simple hecho de poder estar presente en espacios de decisión ya es una forma de aportar una visión diferente. Para mí, idealmente, esto no debería ir de hombres o mujeres, y el verdadero avance llegará el día en que no tengamos que subrayar si un proyecto está liderado por unos u otras.
Pero la realidad es que todavía hay sectores donde la presencia femenina sigue siendo baja. Lo vemos tanto en el ámbito de la inversión como dentro del propio sector del café, desde el origen hasta la preparación y comercialización. Sigue habiendo un predominio masculino bastante claro.
En mi caso, intento al menos contribuir dando visibilidad y voz a las mujeres que tengo cerca dentro del sector, dentro de mis posibilidades. A veces eso ya es importante: ocupar espacios, participar en conversaciones y ayudar a que otras voces también estén presentes.
¿Qué decisiones personales han marcado tu evolución como emprendedora en el mundo del café?
La primera decisión importante fue irme a Guatemala para aprender de verdad sobre el producto que estábamos vendiendo en la empresa familiar. Necesitaba conocer el café desde el origen y entender mejor todo lo que había detrás.
La segunda gran decisión llegó más adelante, cuando sentí que dentro del negocio familiar ya había aportado todo lo que podía aportar. Fue un momento difícil, porque suponía salir de un entorno conocido, pero también necesario. Ahí decidí crear mi propio proyecto junto a mis dos socios actuales y empezar una nueva etapa con Incapto.
¿Cómo puede la Plataforma ONE ayudar a personas emprendedoras que trabajan en sectores tradicionales y quieren transformarlos?
Creo que hoy ya existen muchas iniciativas de apoyo al emprendimiento, tanto desde administraciones públicas como desde entidades privadas. Si la Plataforma ONE consigue reunir, ordenar y dar visibilidad a todo ese ecosistema, puede convertirse en un punto de encuentro muy útil para quienes están construyendo proyectos.
Hay un aspecto especialmente importante: el acompañamiento durante el llamado valle de la muerte. Tener una buena idea no significa automáticamente convertirla en un negocio rentable, y esa etapa inicial suele ser muy dura. Muchas veces he dicho que emprender puede sentirse como la esclavitud del siglo XXI, porque trabajas muchísimas horas, a menudo cobras menos que en un empleo tradicional y aun así sigues adelante porque crees en lo que estás construyendo.
Por eso, todo lo que ayude a acompañar ese proceso es valioso. También lo es simplificar la parte burocrática, normativa y fiscal, que para muchas personas emprendedoras resulta abrumadora. Una persona puede ser muy buena en su producto o en su actividad, pero no tiene por qué dominar toda la regulación asociada a poner en marcha y hacer crecer una empresa.
Si una plataforma como ONE puede facilitar ese camino, simplificar trámites, conectar recursos y hacer más comprensible el marco en el que operan las personas emprendedoras, su utilidad puede ser enorme. Y además sería complementaria a otras iniciativas ya existentes.